
Lo que Nevado me enseñó sobre vivir el presente
Siempre he sido una persona muy orientada a vivir en el futuro. Me preocupaba por lo que podía pasar, por si las cosas saldrían bien o mal, por todo aquello que aún no había sucedido.
Otras veces me quedaba atrapada en el pasado, repasando conversaciones, decisiones o situaciones que ya no podía cambiar.
Y entonces llegó Nevado.
Convivir con él fue una invitación constante a regresar al presente.
Me daba cuenta de que cada momento era especial y quería capturarlo de alguna manera. No porque estuviera pensando en perderlo algún día, sino porque estando con él desaparecían muchas de las preocupaciones que ocupaban mi mente, pasaban a un segundo plano.
Nevado me enseñó a vivir en el presente
Nevado no vivía pendiente de lo que había ocurrido antes ni de lo que podría suceder después. Disfrutaba de cosas sencillas con una intensidad que me conmovía profundamente.
Una comida que le gustaba especialmente.
El olor de una flor durante un paseo.
El placer de tumbarse al sol.
La emoción de escuchar que cogíamos la correa.
Un juego improvisado en mitad del salón.
La alegría de estar juntos.
Y eso cambió mi manera de vivir.
Empecé a darme cuenta de que muchos de los momentos más felices de mi vida no tenían nada de extraordinario. Eran precisamente esos instantes cotidianos compartidos con él.
Siempre elegía pasar tiempo con Nevado. Porque era donde realmente quería estar. Nada me hacía más feliz que compartir la vida con él.
Nevado es mi ejemplo de vida
Incluso durante la enfermedad, Nevado siguió enseñándome esta lección.
Hubo días muy difíciles en los que parecía que apenas tenía fuerzas y, sin embargo, se levantaba para disfrutar de un pequeño paseo, para recibir una caricia o simplemente para estar cerca de nosotros.
Hasta muy poco antes de su partida física siguió encontrando motivos para vivir el momento que tenía delante.
Y creo que esa ha sido una de las enseñanzas más importantes que me ha dejado.
Hoy siento que realmente disfruté de nuestra vida juntos. Que estuve presente. Que no dejé para mañana abrazos, paseos o momentos compartidos porque pensara que habría tiempo de sobra.
Y eso me da mucha paz.
Nevado me enseñó que la vida suele ocurrir en las cosas más pequeñas.
En una comida compartida.
En el olor del campo después de la lluvia.
En una siesta juntos.
En unas patitas caminando a tu lado.
En una mirada que te recuerda que aquí y ahora ya hay mucho por lo que dar las gracias.
Estoy agradecida a Nevado cada día de mi vida por tenerlo en mi vida, por sus enseñanzas por la vida compartida.
Porque gracias a Nevado aprendí algo que llevaba años buscando sin darme cuenta:
que la vida no estaba en el pasado ni en el futuro.
La vida estaba ocurriendo justo delante de mí.



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