
Lo que Nevado me enseñó sobre el descanso
Cuando descansar parecía perder el tiempo
Durante muchos años sentí que descansar era perder el tiempo. Si una tarde me sentaba en el sofá sin hacer nada, enseguida aparecía esa voz interior que me decía que podía estar aprovechando ese momento para adelantar trabajo, escribir un artículo, preparar una clase, responder un correo o terminar alguna tarea pendiente.
Siempre había algo más importante que hacer y, por mucho que hubiera trabajado ese día, tenía la sensación de que todavía podía hacer un poco más.
Con el tiempo comprendí que aquella sensación no tenía que ver con ser una persona trabajadora ni con disfrutar de mi profesión. Tampoco era una cuestión de organización.
Era una forma de vivir que había aprendido casi sin darme cuenta y que me mantenía constantemente en marcha.
Fue precisamente Nevado quien empezó a enseñarme otra manera de entender el descanso.
Hemos aprendido a vivir sin parar
Vivimos en una sociedad que valora enormemente la productividad.
Desde pequeños aprendemos que aprovechar el tiempo es una virtud y que estar ocupados suele interpretarse como una señal de compromiso, esfuerzo o éxito. Sin embargo, rara vez nos enseñan que el descanso también forma parte de una vida saludable.
Muchas personas solo paramos cuando el cuerpo ya no puede más. Esperamos a descansar cuando aparece el agotamiento, cuando la mente deja de concentrarse o cuando las emociones empiezan a desbordarnos.
Hasta ese momento seguimos funcionando como si nuestro organismo pudiera mantenerse siempre al mismo ritmo.
Lo curioso es que nuestro cuerpo nunca fue diseñado para vivir así.
Lo que ocurre en nuestro cuerpo cuando no descansamos
Nuestro sistema nervioso necesita alternar momentos de activación con momentos de recuperación.
Cuando vivimos durante demasiado tiempo con la sensación de que siempre debemos estar haciendo algo, el organismo permanece en un estado de alerta que termina pasando factura.
El cortisol puede mantenerse elevado durante más tiempo del necesario, nos cuesta concentrarnos, dormimos peor y reaccionamos con mayor intensidad ante situaciones que, en otro momento, probablemente habríamos gestionado con más calma.
Incluso tomar decisiones sencillas puede resultar más difícil cuando el cerebro lleva demasiado tiempo funcionando sin descanso.
No ocurre porque seamos más débiles ni porque nos falte fuerza de voluntad. Ocurre porque ningún ser vivo está preparado para mantenerse constantemente activado.
Por eso descansar no es un premio que debamos ganarnos después de trabajar. Es una necesidad biológica. Es el momento en el que el cerebro organiza la información, el cuerpo recupera energía y el sistema nervioso encuentra el equilibrio necesario para seguir respondiendo a los desafíos de la vida.
Sin embargo, muchas personas no solo dejamos de descansar. También dejamos de permitirnos hacerlo. Y ahí aparece una de las emociones más silenciosas de nuestra época: la culpa.
La gran enseñanza de Nevado
Durante años conviví con esa forma de entender la vida hasta que empecé a observar a Nevado con más atención.
Cuando necesitaba dormir, dormía. Si encontraba un rincón tranquilo al sol, simplemente se tumbaba y disfrutaba de ese momento. No pensaba que estaba perdiendo el tiempo ni que después tendría que compensarlo haciendo más cosas. Tampoco sentía la necesidad de demostrar que era útil.
Cuando recuperaba la energía, volvía a caminar, a jugar o a explorar el mundo con la misma ilusión de siempre. El descanso no era una renuncia. Era una parte natural de su forma de vivir.
Recuerdo muchas tardes sentada junto a él mientras descansaba tranquilamente. Yo pensaba en todo lo que aún tenía por hacer y él, sin decir una sola palabra, parecía recordarme que la vida también sucede en esos momentos en los que no estamos produciendo.
Creo que una de las mayores enseñanzas que me dejó fue precisamente esa: entender que descansar no significa dejar de vivir. Significa prepararnos para seguir viviendo.
Descansar también es escuchar al cuerpo
Con el paso de los años comprendí que descansar no consiste únicamente en dormir más horas.
También es sentarse unos minutos al sol sin mirar el reloj, pasear sin sentir que vamos tarde, leer unas páginas de un libro por el simple placer de hacerlo, respirar profundamente o ver a nuestros perros disfrutar de un instante cualquiera.
Descansar también significa dejar de exigirnos constantemente. Y quizá esa sea una de las formas de descanso más difíciles de aprender.
Todavía hoy hay días en los que esa antigua voz vuelve a aparecer. Me dice que podría aprovechar mejor el tiempo, terminar una tarea más o adelantar el trabajo de mañana.
Ahora también aparece otro recuerdo: el de Nevado descansando con absoluta tranquilidad, sin culpa, sin prisa y sin la necesidad de demostrar nada.
Cada vez que lo recuerdo entiendo un poco mejor que cuidar de uno mismo también consiste en saber parar. Porque el descanso no nos aleja de la vida; nos prepara para seguir viviéndola.
Quizá descansar no sea perder el tiempo. Quizá sea una de las formas más importantes de cuidar la vida que estamos viviendo.
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