
Hay emociones que intentamos evitar a toda costa. El miedo es una de ellas.
Muchas personas creen que sentir miedo es un signo de debilidad o algo que debería desaparecer cuanto antes. Sin embargo, el miedo forma parte de nuestra vida desde que nacemos. Lo sienten los niños, los adultos y también los animales.
No es una emoción negativa. Al contrario, gracias a ella podemos detectar peligros y reaccionar para protegernos. Si nuestros antepasados no hubieran sentido miedo, probablemente no habrían sobrevivido.
Desde el punto de vista biológico, el miedo activa una serie de respuestas en nuestro organismo que nos preparan para hacer frente a una amenaza. Aumenta el ritmo cardíaco, la tensión muscular y el estado de alerta para ayudarnos a reaccionar con rapidez cuando realmente lo necesitamos.
El problema no aparece cuando sentimos miedo. Aparece cuando dejamos que esa emoción dirija nuestra vida, nos impida avanzar o nos haga creer que debemos enfrentarnos a ella solos.
Durante mucho tiempo pensé que el objetivo era dejar de tener miedo. Con el paso de los años comprendí que la verdadera enseñanza era otra, y quien me ayudó a descubrirla fue Nevado.
Regularnos ante el miedo
Cuando sentimos miedo, nuestro organismo cambia por completo. Nuestro corazón late más deprisa, aumenta la tensión muscular y nuestro cuerpo se prepara para responder si percibe una amenaza.
Pero también ocurre algo muy interesante. Cuando encontramos una figura que nos transmite calma y seguridad, nuestro sistema nervioso comienza poco a poco a regularse.
Esa sensación de protección puede llegar a través de una madre, un padre, un amigo, una pareja... y también de un animal con el que compartimos un vínculo profundo.
Hoy sabemos que la seguridad no siempre depende de que el peligro desaparezca. Muchas veces depende de sentir que no estamos solos mientras lo atravesamos.
Sentir que alguien permanece a nuestro lado, que nos comprende y que nos acompaña sin juzgarnos puede marcar una gran diferencia.
Y eso fue precisamente lo que Nevado me enseñó.
Lo que observé en Nevado
Cuando Nevado llegó a casa ya había conocido el abandono y el maltrato.
Es lógico pensar que aquel pasado habría dejado huella en él, pero hubo algo que siempre me llamó la atención.
Nunca vi que el miedo definiera quién era.
Recuerdo que durante los primeros días dudaba al subir y bajar las escaleras, le costaba entrar en el ascensor y caminar sobre el suelo de cemento de la calle parecía resultarle extraño.
También el coche fue siempre uno de esos lugares que no terminaba de gustarle. Pero era adaptación, no miedo como tal.
Sin embargo, aquellas situaciones apenas duraron unos días. Poco a poco fue adaptándose con una naturalidad que siempre me sorprendió. No porque olvidara todo lo vivido, sino porque encontró algo que cualquier ser vivo necesita para sentirse seguro: un entorno donde podía explorar, equivocarse y descubrir sin miedo a ser rechazado.
Su curiosidad era mucho más grande que sus dudas. Se acercaba a las personas con cariño, observaba todo lo que le rodeaba con interés y disfrutaba de cada nueva experiencia como si el pasado no tuviera la capacidad de definir quién era.
Aquello me hizo reflexionar muchas veces. Comprendí que una experiencia difícil no tiene por qué convertirse en nuestra identidad y que, cuando encontramos un lugar seguro, también encontramos la fuerza para seguir creciendo.
Cuando era yo quien tenía miedo
Con el tiempo comprendí que, en realidad, quien vivía más condicionada por el miedo era yo. Tenía miedo al futuro, a equivocarme, a tomar decisiones importantes o a perder a quienes quería.
En esos momentos siempre buscaba a Nevado. Lo abrazaba, apoyaba mi cabeza sobre él, observaba cómo respiraba tranquilo o simplemente me sentaba a su lado.
Él no necesitaba decir una sola palabra. Su forma de mirarme, de acercarse, de apoyar la cabeza sobre mis piernas, de acurrucarse a mi lado o de hacerme reír con cualquiera de sus ocurrencias conseguía algo que entonces no sabía explicar.
Con el tiempo comprendí que, sin saberlo, Nevado estaba regulando mi sistema nervioso.
Cuando estaba con él mi cuerpo se relajaba, mi respiración cambiaba y todo parecía volver poco a poco a su sitio. Se convirtió en mi lugar seguro, en ese refugio al que acudía siempre que la vida pesaba demasiado.
Hoy sé que eso tiene un nombre: apego seguro.
Para mí, Nevado fue exactamente eso.
Lo que aprendí cuando era él quien tenía miedo
También hubo momentos en los que era Nevado quien necesitaba sentirse acompañado. Algunos ruidos podían inquietarle y determinadas situaciones le generaban tensión, especialmente cuando eran nuevas o imprevisibles.
Aquellas experiencias me enseñaron que mi papel no consistía en conseguir que dejara de sentir miedo, sino en ofrecerle la seguridad que necesitaba para atravesarlo.
Aprendí que, antes de intentar transmitirle calma, yo tenía que encontrarla dentro de mí.
Si quería ayudarle, necesitaba hablarle con serenidad, respetar sus tiempos y permanecer a su lado sin obligarle a enfrentarse a aquello para lo que todavía no estaba preparado.
Con el paso de los años comprendí que esa forma de acompañar no solo sirve con los animales; también puede aplicarse a las personas.
Muchas veces creemos que ayudar consiste en encontrar las palabras adecuadas o en convencer al otro de que no tiene motivos para preocuparse. Sin embargo, la experiencia me ha enseñado que el verdadero alivio suele aparecer cuando alguien siente que no está solo, que puede apoyarse en quien tiene delante y que será respetado mientras encuentra su propio camino.
Creo que esa ha sido una de las lecciones más importantes que Nevado me ha enseñado.
La mayor enseñanza de Nevado
Nevado nunca me enseñó a dejar de tener miedo. Me enseñó que el miedo forma parte de la vida y que no necesitamos luchar contra él como si fuera un enemigo. Podemos escucharlo, comprender qué intenta decirnos y, aun así, seguir caminando.
Esa ha sido, probablemente, una de las enseñanzas más valiosas que me dejó. El valor no consiste en no sentir miedo, sino en no permitir que esa emoción decida por nosotros.
Cada vez que pienso en Nevado recuerdo su capacidad para seguir disfrutando de un paseo, de una comida, de una caricia o simplemente de la compañía de quienes quería. No vivía pendiente de todo lo que podía salir mal.
Vivía plenamente aquello que estaba ocurriendo delante de él y, sin darse cuenta, me enseñó a hacer lo mismo.
Hoy sigo creyendo que el miedo es una emoción necesaria. Nos protege, nos alerta y, en ocasiones, nos invita a detenernos para observar qué está ocurriendo. Pero también he aprendido que no tiene por qué convertirse en el centro de nuestra vida.
Quizá la mayor lección que me regaló Nevado fue entender que el miedo puede caminar a nuestro lado sin impedirnos seguir avanzando. Y que, cuando encontramos un vínculo seguro, ya sea en una persona o en un animal, todo resulta un poco más fácil.
Un aprendizaje que sigue vivo
En Nevado Siempre Sonríe seguimos compartiendo aprendizajes como este a través del blog, el podcast, los talleres, los cuentos y nuestras actividades de bienestar emocional humano y animal.
Porque creemos que comprender nuestras emociones es el primer paso para vivir con mayor calma, fortalecer nuestros vínculos y cuidar también de quienes caminan a nuestro lado.
Si te interesa seguir descubriendo las enseñanzas que Nevado dejó en nuestro camino, te invitamos a acompañarnos en este proyecto que nació hace más de doce años gracias a un perro extraordinario que, todavía hoy, sigue inspirando cada paso que damos.





.png)







